Gustave Courbet, El Mediterráneo en Palavas (1854). Musée Fabre, Montpellier.
Sobre la esfera el lúcido horizonte. Un pretérito
en el que reposaron su vuelo aves transidas.
Azul, tal es el palpitar,
el fluir almacenado de la espera menguante.
Calla el paisaje, apenas el sístole
inquieto de un hombre ―su dolor, su instinto
apaciguado― sobre una roca, tan lento.
Un hombre que lleva toda la arena del mundo
en sus zapatos, absorto en su mirada
de lentitud y primavera.
Y es el rigor de lo que ve lo que le afirma ―expectante―
un abrazo de algas que le hiere los labios.
Con su trazo de olvido, la roca plomiza.
El mar declinando presagios de azufre
o de hielo. Su mirada que escapa a todo cuanto tiene
de humano, de piel, de cicatrices.
Sólo las gaviotas encandecen sus músculos
gritando sus fronteras en el sólido entramado
de su hiriente rigor, quebradero de hierba.
Lejos, la hoguera respira ceniza.
Diminutos crepúsculos de trazos inútiles
han colmado esta ruina bajo fibras de acero.
Sigue tejiendo tu luz, corre
a besar la llegada
del hombre que regresa doliente del invierno.


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